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La utilidad de la virtud.
Para decir en voz baja

 

Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz

 

Carlos E. Bojórquez Urzaiz y Armando Hart DávalosEsta tarde me siento habitado por la estrella prodigiosa que anidó en el pórtico de mi hogar, atraída por una estación radiofónica que emitía su señal desde La Habana, o quizás por las tertulias de los tíos Luis y Carlos Urzaiz Jiménez, nuestro infalible amigo Conrado Menéndez Díaz y mis padres, cuyas conversaciones versaban sobre Fidel, Maceo o José Martí, y los abuelos que arribaron a Yucatán durante la gesta independentista que reverdeció con la luz revolucionaria de 1959. Ninguno de los viejos miembros de aquel cenáculo está vivo, pero acaso todos merecerían ser recipiendarios de este altísimo galardón que me otorga la Sociedad Cultural “José Martí”, no sólo por haberme enseñado a rondar el ideario y la vida del Apóstol, sino por conservar los hilos misteriosos que unieron a la emigración patriótica de Yucatán con Cuba, como expresó Martí en una carta a Rodolfo Menéndez de la Peña. Si alguna virtud pudiera hacerme digno de esta presea, debe estar relacionada con esos hechos que escuché siendo adolescente, pero en tal caso el mérito no sería mío sino del tiempo que me obsequió la oportunidad para contarlos.


En esta atmósfera de afinidades y cariño, deseo nombrar a Carlos Urzaiz Jiménez, un hombre fundamental al que quería muchísimo porque siendo un familiar cercano, supo deslindar la sangre del pensamiento y dedicó palabras rigurosas para enjuiciar mis escritos. Como pocos se entusiasmó con el primer libro que publiqué con el tema cubano-yucateco, presidido por un prólogo de don Julio Le Riverend. En este momento reconozco que aquél no fue un libro muy bien logrado, y sin embargo el tío Carlos acompañó sus criticas con el obsequió de la colección de folletos, documentos y algunos dibujos que pertenecieron a su padre el doctor Eduardo Urzaiz Rodríguez, quien fue el principal impulsor de los estudios martianos en Yucatán, hasta el día de su muerte. Dejando de lado el hecho de que esta colección ha sido y es una de las fuentes principales de mis investigaciones, debo reconocer que de la misma colección he tomado varios textos para integrar cuatro tomos de la obra martiana e histórica del doctor Urzaiz, y uno más que se encuentra en prensa donde se reúnen sus dibujos e historias anecdóticas, con la ayuda de Cristóbal León Campos y Ginón Bojórquez Palma.

No sé si fueron solamente las leyes inexorables de la vida las que se ocuparon de anticipar la ausencia de los familiares y amigos que con sus tertulias atraían la estrella prodigiosa a mi casa, pero me parece que en proporción se rememora menos la persona de José Martí, no en lo referente al estudio de su obra y pensamiento, sino en lo que toca a los sentimientos hacia el Apóstol, como persona ejemplar que palpitaba en los recuerdos y en expresiones y proverbios de los descendientes de cubanos en Yucatán y aun entre los yucatecos. Por el contrario, descubro que quizás quedan vestigios intactos de aquellos recuerdos, de las tradiciones y el imaginario que prefijaron mi amor por Martí y que podemos fortalecer un poco más. Hace unos cuantos años, con Manuelito González, a la sazón Cónsul de Cuba para la Península, un grupo de compañeros revivimos la conmemoración del 19 de mayo, y por iniciativa del Consejo Mundial del Proyecto José Martí, que encabeza el doctor Armando Hart, en Mérida se reserva el día 30 de enero de cada año para celebrar el Día de la identidad latinoamericana y del Caribe. No obstante, el propio Martí nos dio la clave para entender este asunto que he venido pensando, cuando describió los perfiles de Yucatán en el año de 1882, como sigue:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yucatán es celoso de su antigua grandeza, y lo andaluz que se les entró por la tierra indígena con la conquista, y les da todavía aires de pueblo moruno, no fue bastante para extirpar de su tierra llorosa y su atmósfera lúcida el alma india, que en las disposiciones artísticas, fantasía abundante, cuerpo fino y esbelto del yucateco y amor por sus antigüedades se revela” 

Quizás Héctor Hernández recuerde que una mañana estábamos en una milpa de los mayas que viven cerca de Uxmal, y le expresé que desde niño en la ambiente familiar pude sentir y soñar en la abundancia de José Martí, en la sencillez grandiosa de la lluvia y el maíz que acompaña sus páginas, o en la ternura de Ismaelillo, el poemario dedicado a su hijo cuya lectura me sigue conmoviendo igual que la primera vez. Como para entonces Héctor trabajaba en el periódico Granma, tomó una libreta y un lápiz y me indicó: “ve anotando todo eso, haremos un reportaje de tu sentir martiano.” Pasaron los años, y en otra ocasión, en un cafetín de Nantes, Francia, al propio Hernández Pardo le conté que Luis Urzaiz Rodríguez acostumbraba estrechar la mano de parientes y amigos acompañando su saludo de la siguiente frase:“que viejo era mi deseo de apretar esta mano creadora”.

Años más tarde, pensé en la existencia de alguna relación entre aquella expresión de uso común, y otra muy parecida, pero mejor labrada, escrita por el Apóstol en una carta dirigida a José Dolores Poyo, quien a su vez mantuvo correspondencia con los editores de La Estrella Solitaria, un periódico de la emigración patriótica de Yucatán, durante la Guerra del 95. Aquella carta que quizás fue leída por Luis Urzaiz, había sido escrita el 5 de diciembre de 1891, casi once meses después de la publicación de Nuestra América, cuyos párrafos eran referidos con asiduidad por Fernando Urzaiz Arritola, padre de Luis, y por los hermanos Rodolfo y Antonio Menéndez, en las páginas del periódico de los cubanos de Yucatán.  ¿Qué manos fundadoras -o creadoras, como decía Luis Urzaiz- deseaban apretar los emigrados? La Guerra del 95 no iniciaba todavía cuando fue escrita la carta que contiene ese pensamiento, pero su contenido estaba en la perspectiva como una acción necesaria, y Nuestra América, con su fuerza aglutinadora y observancia de las diversidades nacionales, se había alojado en la conciencia de Yucatán desde el año de 1877, a través de las críticas teatrales que Martí hizo a José Peón Contreras, y que supieron conservar los cubanos y los yucatecos que apoyaron su causa de la independencia.

Vale la pena regresar sobre las huellas, andar en pos de los vestigios que dejó la emigración cubana en Yucatán, y aunque nunca imaginé sentirme habitado por la estrella prodigiosa que anidó en el pórtico de mi casa, con este reconocimiento la veo centellear dentro de mí, lo cual me compromete a continuar en el empeño de glosar los recuerdos, sin más ánimo que mantener vivas las narraciones que enseñan el amor a José Martí. El máximo galardón que concede la Sociedad Cultural “José Martí”, inspirado en la profundidad del ideario del Apóstol, en su voluntad de utilizar la virtud para el mejoramiento humano, lo deseo compartir con el Municipio de Valladolid, porque sus gentes honorables me abrazaron como un hijo más de Zací; y porque a su demarcación pertenece Kanxoc, el poblado maya que dio cobijo a mi amigo Mario Renato Menéndez Rodríguez, yucateco de origen cubano como yo, quien fue recipiendario de esta misma distinción y la ofrendó sin límites a esos amigos mayas. Muchas gracias compañeros, trataré de enaltecer esta presea con trabajo y sentimientos gratos por Martí y Cuba de donde zarparon un día mis mayores con los mismos afanes independentistas que profeso el día de hoy.

Dirección General: Lic Adelaida Ramos.

Redacción: Lic. Mauricio Núñez Rodriguez.

Diseño: Lic. Ernesto Gómez Vázquez.

Asesor: Leonardo Aguirre.