El más genial y el más universal de todos los políticos cubanos
(Velada conmemorativa de los cien años de lucha. La Demajagua, Oriente, 10 de octubre, 1968).
Fidel Castro Ruz
Ninguna otra ocasión revistió la importancia de la conmemoración del día de hoy. Y al parecer la naturaleza nos someterá una vez más a una pequeñísima prueba, si se quiere, porque ella se suma a esta misma conmemoración, si recordamos que precisamente después de la proclamación de la independencia de Cuba, cuando los primeros mambises se dirigían hacia el pueblo de Yara, también aproximadamente a esta misma hora, un copioso aguacero realizó con ellos, simbólicamente, el primer precedente de sacrificio. Y que, por cierto, como nuestros primeros mambises en aquellos instantes no poseían más que unas cuantas escopetas de cartucho e iban a realizar su primer combate, el agua mojó los cartuchos y las armas no pudieron disparar aquella noche; aquella noche en que se derramó también la primera sangre cubana en la lucha de los cien años, que se empaparon por primera vez aquellos hombres, cuya vida a lo largo de 10 años fue una vida de increíbles privaciones.
Hoy —les decía— nuestro pueblo conmemora aquella fecha al cumplirse 100 años. Y este primer centenario del inicio de la lucha revolucionaria en nuestra Patria es para nosotros la más grande conmemoración que ha tenido lugar en la historia de nuestro país.
¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de octubre de 1868? ¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra Patria esta gloriosa fecha? Significa sencillamente el comienzo de 100 años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes.
No hay, desde luego, la menor duda de que Céspedes simbolizó el espíritu de los cubanos de aquella época, simbolizó la dignidad y la rebeldía de un pueblo —heterogéneo todavía— que comenzaba a nacer en la historia.
Es conocido históricamente que Céspedes conoció en este lugar de un telegrama cursado el ocho de ese mismo mes por el Gobernador General de Cuba dando instrucciones a las autoridades de la provincia de arrestar a Carlos Manuel de Céspedes.
Y Carlos Manuel de Céspedes no les dio tiempo a las autoridades, no les permitió a aquellas tomar la iniciativa e inmediatamente, adelantando la fecha, cursó las instrucciones correspondientes y el 10 de octubre, en este mismo sitio, proclamó la independencia de Cuba.
Es que la historia de muchos movimientos revolucionarios terminó en su inmensa mayoría, en la prisión o en el cadalso.
En la historia de estos 100 años de lucha no fue la única ocasión en que nuestro pueblo, igualmente desprovisto de armas, igualmente impreparado para la guerra, se vio en la necesidad de lanzarse a la lucha y abastecerse con las armas de los enemigos. Y la historia de nuestro pueblo en estos 100 años confirma esa verdad axiomática: y es que si para luchar esperamos primero reunir las condiciones ideales, disponer de todas las armas, asegurar un abastecimiento, entonces la lucha no habría comenzado nunca; y que si un pueblo está decidido a luchar, las armas están en los cuarteles de los enemigos, en los cuarteles de los opresores.
lY esta realidad, este hecho se demostró en todas nuestras luchas, en todas nuestras guerras.
Y este es un ejemplo no solo para los revolucionarios cubanos, es un ejemplo formidable para los revolucionarios en cualquier parte del mundo. Nuestra Revolución, con su estilo, con sus características esenciales, tiene raíces muy profundas en la historia de nuestra Patria. Por eso decíamos, y por eso es necesario que lo comprendamos con claridad todos los revolucionarios, que nuestra Revolución es una
Revolución, y que esa Revolución comenzó el 10 de Octubre de 1868.
Este acto de hoy es como un encuentro del pueblo con su propia historia, es como un encuentro de la actual generación revolucionaria con sus propias raíces. Y nada nos enseñará mejor a comprender lo que es una revolución. Nada nos enseñará mejor a comprender el proceso que constituye una revolución, nada nos enseñará mejor a entender qué quiere decir revolución, que el análisis de la historia de nuestro país que
el estudio de la historia de nuestro pueblo y de las raíces revolucionarias de nuestro pueblo.
Quizás para muchos la nación o la Patria ha sido algo así como un fenómeno natural, quizás para muchos la nación cubana y la conciencia de nacionalidad existieron siempre, quizás muchos pocas veces se han detenido a pensar cómo fue precisamente que se gestó la nación cubana, y cómo se gestó nuestra conciencia de pueblo, y cómo se gestó nuestra conciencia revolucionaria.
Hace 100 años no existía esa conciencia, hace 100 años no existía la nacionalidad cubana, hace 100 años no existía un pueblo con pleno sentido de un interés común y de un destino común. Nuestro pueblo hace 100 años era una masa abigarrada, constituida, en primer término, por los ciudadanos de la potencia colonial que nos dominaba; una masa enorme también de ciudadanos nacidos en este país, algunos descendientes directos de los españoles, otros descendientes más remotos, de los cuales algunos se inclinaban a favor del poder colonial y otros eran alérgicos a aquel poder; una masa considerable de esclavos, traídos de manera criminal a nuestra tierra para explotarlos despiadadamente cuando ya los explotadores habían aniquilado virtualmente la primitiva población aborigen de nuestro país.
Y desde luego, los dueños de las riquezas eran, en primer lugar, los españoles; los dueños de los negocios y los dueños de las tierras. Pero también centrales azucareros y que poseían grandes plantaciones. Y por supuesto que en un país en aquellas condiciones en que la ignorancia era enorme, el acceso a los libros, el acceso a la cultura lo tenían un número exiguo y reducido de criollos procedentes precisamente de esas familias acaudaladas.
En aquellas primeras décadas del siglo pasado, cuando ya el resto de la América Latina se había independizado de la colonia española, permanecía asentado sobre bases sólidas el poder de España en nuestra Patria, a la que llamaban la última joya y la más preciada joya de la Corona española.
Fue ciertamente escasa la influencia que tuvo en nuestra tierra la emancipación de América Latina.
Se sabe que en la mente de los libertadores de América Latina se albergó también la idea de enviar a Cuba un ejército a liberarnos. Pero ciertamente aquí todavía no había una nación que librar, sencillamente porque no había nación, no había un pueblo que liberar porque no existía pueblo con la conciencia de la necesidad de esa libertad.
Y en aquellos primeros años del siglo pasado, en la primera mitad del siglo pasado, las ideas que los sectores con más cultura de la población, los sectores capaces de elaborar algunas formulaciones políticas, las ideas enarboladas por ellos no eran precisamente la idea de la independencia de Cuba.
Por aquellos tiempos se discutía fundamentalmente el problema de la esclavitud. Y los terratenientes, los ricos, la oligarquía que dominaba en nuestro país, bien española o bien cubana, estaba poseída de un enorme temor a la abolición de la esclavitud; es decir que sus intereses como propietarios, sus intereses como clase, y pensando exclusivamente en función de esos intereses, la conducta a pensar en la solución de la anexión a los Estados Unidos de Norteamérica.
Así surgió una de las primeras corrientes políticas, que se dio en llamar la corriente anexionista. Y esa corriente tenía un fundamento de carácter económico: era el pensamiento de una clase que consideraba el aseguramiento de esa institución oprobiosa de la esclavitud por la vía de anexionarse a Estados Unidos, donde un grupo numeroso de estados mantenía la misma institución. Y como ya se suscitaban las contradicciones entre los estados del Sur y del Norte por el problema de la esclavitud, los políticos esclavistas del sur de Estados Unidos alentaron también la idea de la anexión a Cuba, con el propósito de contar con un estado más que ayudase a garantizar su mayoría en el seno de los Estados Unidos, su mayoría parlamentaria.
Esa es la raíz de aquella expedición a mediados de siglo, dirigida por Narciso López.
Cuando nosotros estudiábamos en las escuelas, nos presentaban a Narciso López como un patriota, nos presentaban a Narciso López como un libertador. Tantas cosas nos presentaron de una manera increíblemente torcida, que se nos hizo creer en nuestros años de escolares —y ya supuestamente establecida la República de Cuba—, se nos hacía creer que Narciso López había venido a libertar a Cuba, cuando ciertamente Narciso López vino alentado por los políticos esclavistas de Estados Unidos a tratar de conquistar un estado más para precisamente servir de apoyo a la más inhumana y retrógrada institución, que era la institución de la esclavitud.
Martí en una ocasión calificó aquella expedición de infeliz, organizada precisamente por esos intereses. De manera que en aquel entonces las corrientes anexionistas adquirieron considerable fuerza en el seno de nuestro país.
Y es preciso que lo tengamos en cuenta porque esa corriente, por una u otra causa, con uno u otro matiz, resurgía periódicamente en el proceso de la historia de Cuba.
En determinados momentos las corrientes anexionistas fueron perdiendo fuerza, y surgieron entonces otras corrientes frente a la política española en nuestra Patria, que se dieron en llamar el reformismo, que propugnaban no la lucha por la independencia de Cuba, sino por las determinadas reformas dentro de la colonia española.
Todavía realmente no había surgido en la realidad una corriente independentista, una corriente verdaderamente independentista. Los engaños y las burlas reiteradas del régimen colonial español llevaron al ánimo y a la conciencia de un reducido grupo de cubanos, de criollos pertenecientes por cierto a sectores acomodados, poseedores de riquezas, poseedores a la vez de cultura, de amplia información acerca de los procesos que tenían lugar en el mundo, que concibieron por primera vez la idea de la obtención de sus derechos por la vía revolucionaria, por la vía de las armas, en lucha abierta contra el poder colonial.
Más nadie piense que aquel núcleo de cubanos estaba obligadamente llamado a contar con el apoyo mayoritario de la población, que podía contar con un respaldo grande a la hora de la lucha, porque —como dijimos anteriormente— en aquellos instantes la conciencia de la nacionalidad no existía.
Y entre los sectores que ostentaban la riqueza de origen criollo, había un factor que los dividía profundamente. Los españoles lógicamente estaban contra las reformas y aún más, contra la independencia. Pero muchos criollos ricos estaban también contra la idea de la independencia, puesto que los separaba de las ideas más radicales el problema de la esclavitud. Por lo que puede decirse que el problema de la esclavitud fue una cuestión fundamental, que dividía profundamente a los elementos más radicales, más progresista, de los criollos ricos, de aquellos elementos que calificándose también de criollos, todavía no se hablaba propiamente de cubanos se preocupaban por encima de todo de sus intereses económicos, como es lógico; se preocupaban por encima de todo por mantener la institución de la esclavitud. Y de ahí que apoyaran el anexionismo primero, el reformismo luego, y cualquier cosa menos la idea de la independencia y la idea de la conquista de los derechos por la vía de la lucha armada.
Y esto constituye una cuestión muy importante, porque vemos cómo la historia se va a repetir periódicamente, esta contradicción, a lo largo de los 100 años de lucha.
De manera que el reducido núcleo —que bien podía comenzar a considerarse patriota— del sector acaudalado e ilustrado de los hombres nacidos en este país, ese núcleo decidido a lanzarse a la conquista de sus derechos por la vía de las armas, tenía que enfrentarse a esa compleja situación, a esas hondas contradicciones que necesariamente conducirían su causa a una lucha dura y larga. Y lo que vino a darles verdaderamente el título de revolucionarios fue su comprensión, en primer lugar de que solo había un solo camino para conquistar los derechos, su decisión de adoptar ese camino, su ruptura con las tradiciones, con las ideas reaccionarias y su decisión de abolir la esclavitud.
Y hoy tal vez pueda parecer fácil aquella decisión, pero aquella decisión de abolir la esclavitud constituía la medida más revolucionaria, la medida más radicalmente revolucionaria que se podía tomar en el seno de una sociedad que era genuinamente esclavista.
Por eso lo que engrandece a Céspedes es no solo la decisión adoptada, firme y resuelta de levantarse en armas, sino el acto con que acompañó aquella decisión —que fue el primer acto después de la proclamación de la independencia—, que fue concederles la libertad a sus esclavos, a la vez que proclamar su criterio sobre la esclavitud, su disposición a la abolición de la esclavitud en nuestro país, aunque si bien condicionando en los primeros momentos aquellos pronunciamientos a la esperanza de poder captar el mayor apoyo posible entre el resto de los terratenientes cubanos.
En Camagüey los revolucionarios desde el primer momento proclamaron la abolición de la esclavitud, y ya la Constitución de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, consagró definitivamente el derecho a la libertad de todos los cubanos, aboliendo definitivamente la odiosa y secular institución de la esclavitud.
Esto, desde luego, dio lugar —como ocurre siempre en muchos de estos procesos— a que muchos de aquellos criollos ricos, que vacilaban entre apoyar o no apoyar a la Revolución, se abstuvieron de ayudar a la Revolución, se apartaron de la lucha, y de hecho comenzaron a cooperar con la colonia. Es decir, que en la medida en que la Revolución se radicalizó se quedó más aislado aquel grupo de cubanos, aquel grupo de criollos, que, desde luego, ya empezaron a contar con los únicos capaces de llevar adelante aquella revolución, que eran los hombres humildes del pueblo y los esclavos recién liberados.
En aquellos primeros momentos del inicio de la lucha revolucionaria en Cuba, empezaron a producirse las contradicciones y comenzó el proceso de profundización y radicalización de las ideas revolucionarias, que ha llegado hasta nuestros días.
En aquel tiempo, desde luego, no se discutía el derecho a la propiedad de los medios de producción. Se discutía el derecho a la propiedad de unos hombres sobre otros. Y al abolir aquel derecho, aquella revolución —revolución radical desde el instante en que suprime un privilegio de siglos, desde el momento en que suprime aquel supuesto derecho consagrado por los siglos de existencia— llevó a cabo un acto profundamente radical en la historia de nuestro país, y a partir de ese momento, por primera vez se empezó a crear el concepto y la conciencia de la nacionalidad, y comenzó a utilizarse por primera vez el calificativo de cubano para comprender a todos los que levantados en armas luchaban contra la colonia española.
Sabido es cómo se desarrolló aquella guerra, es que muy pocos pueblos en el mundo fueron capaces o tuvieron la posibilidad de afrontar sacrificios tan grandes, tan increíblemente duros, como los sacrificios que soportó el pueblo cubano durante aquellos diez años de lucha. E ignorar esos sacrificios es un crimen contra la justicia, es un crimen contra la cultura, es un crimen para cualquier revolucionario.
Nuestro país, solo, absolutamente solo, mientras los demás pueblos hermanos de América Latina —que unas cuantas décadas con anterioridad se habían emancipado de la dominación española— yacían sumidos en la abyección, sumidos bajo las tiranías de los intereses sociales que sustituyeron en esos pueblos a la tiranía española; nuestro país solo, y no todo el país sino una pequeña parte del país, se enfrentó durante 10 años a una potencia europea todavía poderosa, que podía contar —y contó— con cientos de miles de hombres perfectamente armados para combatir a los revolucionarios cubanos.
Es conocida la falta casi total de auxilio desde el exterior. Es conocida la historia de las divisiones en el exterior, que dificultaron y por último imposibilitaron el apoyo de la emigración a los cubanos levantados en armas. Y sin embargo, nuestro pueblo, haciendo increíbles sacrificios, soportando heroicamente el peso de aquella guerra, rebasando los momentos difíciles, logró ir aprendiendo el arte de la guerra, fue constituyendo un pequeño pero enérgico ejército que se abastecía de las armas de sus enemigos.
Y empezaron a surgir del seno del pueblo más humilde, de entre los combatientes que venían del pueblo, de entre los campesinos y de entre los esclavos liberados, empezaron a surgir por primera vez del seno del pueblo oficiales y dirigentes del movimiento revolucionario. Empezaron a surgir los patriotas más virtuosos, los combatientes más destacados, y así surgieron los hermanos Maceo, para citar el ejemplo que simboliza a aquellos hombres extraordinarios.
Y al cabo de 10 años aquella lucha heroica fue vencida no por las armas españolas, sino vencida por uno de los peores enemigos que tuvo siempre el proceso revolucionario cubano, vencida por las divisiones de los mismos cubanos, vencida por las discordias, vencida por el regionalismo, vencida por el caudillismo; es decir, ese enemigo —que también fue un elemento constante en el proceso revolucionario— dio al traste con aquella lucha.
Sabido es que, por ejemplo, Máximo Gómez, después de invadir la provincia de Las Villas y obtener grandes éxitos militares, fue prácticamente expulsado de aquella provincia por el regionalismo y por el localismo. No es esta la oportunidad de analizar el papel de cada hombre en aquella lucha; interesa analizar el proceso y dejar constancia de que la discordia, el regionalismo, el localismo y el caudillismo dieron al traste con aquel heroico esfuerzo de diez años.
Pero también es forzoso reconocer que no se les podía pedir a aquellos cubanos —a aquellos primeros cubanos que comenzaron a fundar nuestra patria— el grado de conocimiento y experiencia política, el grado de conciencia política; más que conciencia —porque ellos tenían profunda conciencia patriótica— el grado de desarrollo de las ideas revolucionarias en la actualidad, porque nosotros no podemos analizar los hechos de aquella época a la luz de los conceptos de hoy, a la luz de las ideas de hoy. Porque cosas que hoy son absolutamente claras, verdades incuestionables, no lo eran ni lo podían ser todavía en aquella época. Las comunicaciones eran difíciles, los cubanos tenían que luchar en medio de una gran adversidad, incesantemente perseguidos y, desde luego no podía pedírseles que en aquel entonces no se suscitaran estos problemas —problemas que se volvieron a suscitar en la lucha del 95, problemas que se volvieron a suscitar en la segunda mitad de este siglo a lo largo del proceso revolucionario.
Pero cuando debilitadas las fuerzas cubanas por la discordia arreció el enemigo su ofensiva, entonces también empezaron a evidenciarse las vacilaciones de aquellos elementos que habían tenido menos firmeza revolucionaria. Y es en esos instantes —en el instante de la Paz del Zanjón, que puso fin a aquella heroica guerra— cuando emerge con toda su fuerza y toda su extraordinaria talla, el personaje más representativo el pueblo, el personaje más representativo de Cuba en aquella guerra, venido de las filas más humildes del pueblo, que fue Antonio Maceo.
Aquella década dio hombres extraordinarios, increíblemente meritorios, comenzando por Céspedes, continuando por Agramonte, Máximo Gómez, Calixto García e infinidad de figuras que sería interminable enumerar.
Y no se trata de medir ni mucho menos los méritos de cada cual —que fueron méritos extraordinarios—, sino simplemente de explicar cómo se fue desarrollando aquel proceso y cómo en el momento en que aquella lucha de diez años iba a terminar surge aquella figura, surge el espíritu y la conciencia revolucionaria radicalizada, simbolizada en ese instante en la persona de Antonio Maceo, que frente al hecho consumado del Zanjón —aquel pacto que más que un pacto fue realmente una rendición de las armas cubanas— expresa en la histórica Protesta de Baraguá su propósito de continuar la lucha, expresa el espíritu más sólido y más intransigente de nuestro pueblo declarando que no acepta el Pacto del Zanjón. Y efectivamente, continúa la guerra.
Ya incluso después de haberse llegado a los acuerdos, Maceo libra una serie de combates victoriosos y aplastantes contra las fuerzas españolas. Pero en aquel momento Maceo, reducido a su condición de jefe de una parte de las tropas de la provincia de Oriente, Maceo, negro —cuando todavía subsistía mucho el racismo y los prejuicios— no pudo contar naturalmente con el apoyo de todo el resto de los combatientes revolucionarios, porque desgraciadamente todavía entre muchos combatientes y muchos dirigentes de aquellos combatientes subsistía el prejuicio reaccionario e injusto. Por eso, aunque Maceo en aquel momento salva la bandera, salva la causa y sitúa el espíritu revolucionario del pueblo naciente de Cuba en su nivel más alto, no pudo, pese a su enorme capacidad y heroísmo, seguir manteniendo aquella guerra y se vio en la necesidad de hacer un receso en espera de las condiciones que le permitiesen reanudar otra vez el combate.
Pero la derrota de las fuerzas revolucionarias en 1878 trajo también sus secuelas políticas. A la sombra de la derrota, a la sombra del desengaño, otra vez de nuevo aquellos sectores, representantes décadas atrás de la corriente anexionista y de la corriente reformista, volvieron a la carga para propugnar una nueva corriente política, que era la corriente del autonomismo, para oponerse, naturalmente a las tesis radicales de la independencia y a las tesis radicales acerca del método y del único camino para obtener aquella independencia, que era la lucha armada.
De manera que después de la Guerra de los Diez Años, en el pensamiento político, o en la historia del pensamiento político cubano, surge de nuevo la corriente pacifista, la corriente conciliatoria, la corriente que se opone a las tesis radicales que habían representado los cubanos en armas. De la misma manera vuelven a surgir las corrientes anexionistas en un grado determinado, corrientes incluso en los primeros tiempos de la Guerra de los Diez Años, cuando todavía muchos cubanos ingenuamente veían en la nación norteamericana el prototipo del país libre, del país democrático, y recordaban sus luchas por la independencia, la Declaración de la Independencia de Washington, la política de Lincoln; todavía había cubanos a principios de la guerra de 1868 que tenían resabios o residuos de aquella corriente anexionista, que fue desapareciendo en ellos a lo largo de la lucha armada.
[...] Y todo sabemos cómo sucedieron los acontecimientos. Cómo cuando el poder de España estaba virtualmente agotado, movido por ansias puramente imperialistas, el gobierno de Estados Unidos participa en la guerra, después de 30 años de lucha. Con la ayuda de los soldados mambises desembarcan, toman la ciudad de Santiago de Cuba, hunden la escuadra del almirante Cervera, que no era más que una colección propia de museo, más que escuadra, y que por puro y tradicional quijotismo la enviaron a que la hundieran a cañonazos, sirviendo prácticamente de tiro al blanco a los acorazados americanos, a la salida de Santiago de Cuba. Y entonces a Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba. Ignoraron por completo al Gobierno Revolucionario en Armas, ignoraron por completo a los líderes de la Revolución; discutieron con España sin la participación de Cuba; deciden la intervención militar de sus ejércitos en nuestro país. Se produce la primera intervención, y de hecho se apoderaron militar y políticamente de nuestro país.
Al pueblo no se hizo verdadera conciencia de eso. Porque ¿quién podía estar interesado en hacerle conciencia de esa monstruosidad? ¿Quiénes? ¿Los antiguos autonomistas? ¿Los antiguos reformistas? ¿Los antiguos anexionistas ¿Los antiguos esclavistas? ¿Quiénes? ¿Los que habían sido aliados de la Colonia durante las guerras? ¿Quiénes? ¿Los que no querían la independencia de Cuba, sino la anexión con Estados Unidos? Esos no podían tener ningún interés en enseñarles a nuestro pueblo estas verdades históricas, amarguísimas.
¿Qué nos dijeron en la escuela? ¿Qué nos decían aquellos inescrupulosos libros de historia sobre los hechos? Nos decían que la potencia imperialista no era la potencia imperialista, sino que, lleno de generosidad, el gobierno de Estados Unidos, deseoso de darnos la libertad, había intervenido en aquella guerra y que, como consecuencia de eso, éramos libres. Pero no éramos libres por los cientos de miles de cubanos que murieron durante 30 años en los combates, no éramos libres por el gesto heroico de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, que inició aquella lucha, que incluso prefirió que le fusilaran al hijo antes de hacer una sola concesión; no éramos libres por el esfuerzo heroico de tantos cubanos, no éramos libres por la prédica de Martí, no éramos libres por el esfuerzo heroico de Máximo Gómez, Calixto García y todos aquellos próceres ilustres; no éramos libres por la sangre derramada por las veinte y tantas heridas de Antonio Maceo y su caída heroica en Punta Brava; éramos libres sencillamente porque Teodoro Roosevelt desembarcó con unos cuantos rangers en Santiago de Cuba para combatir contra un ejército agotado y prácticamente vencido, o porque los acorazados americanos hundieron a los “cacharros” de Cervera frente a la bahía de Santiago de Cuba.
Y esas monstruosas mentiras, esas increíbles falsedades eran las que se enseñaban en nuestras escuelas.
Y tal vez tan pocas cosas nos puedan ayudar a ser revolucionarios como recordar hasta qué grado de infamia se había llegado, hasta qué grado de falseamiento de la verdad, hasta qué grado de cinismo en el propósito de destruir la conciencia de un pueblo, su camino, su destino; hasta qué grado de ignorancia criminal de los méritos y las virtudes y la capacidad de este pueblo —pueblo que hizo sacrificios como muy pocos pueblos hicieron en el mundo— para arrebatarle la confianza en sí mismo, para arrebatarle la fe en su destino.
Y de esta manera los que cooperaron con España en los 30 años, los que lucharon por la colonia, los que hicieron derramar la sangre de los mambises, aliados ahora con los interventores yanquis, aliados con los imperialistas yanquis, pretendieron hacer lo que no habían podido hacer en 30 años, pretendieron incluso escribir la historia de nuestra Patria amañándola y ajustándola a sus intereses, que eran sus intereses anexionistas, sus intereses imperialistas, sus intereses anticubanos y contrarrevolucionarios.
¿Con quiénes se concertaron los imperialistas en la intervención? Se concertaron con los comerciantes españoles, con los autonomistas. Hay que decir que en aquel primer gobierno de la República había varios ministros procedentes de las filas autonomistas que habían condenado a la Revolución. Se aliaron con los terratenientes, se aliaron con los anexionistas, se aliaron con lo peor, y, al amparo de la intervención militar y al amparo de la Enmienda Platt empezaron, sin escrúpulos de ninguna índole, a amañar la República y a preparar las condiciones para apoderarse de nuestra Patria.
[...] Ellos tuvieron que vivir aquella amarguísima experiencia de ver cómo a este país lo gobernaba un embajador yanqui; o cómo un funcionario insolente, a bordo de un acorazado, se anclaba en la bahía de La Habana a dictarle instrucciones a todo el mundo: a los ministros, al jefe del ejército, al presidente, a la Cámara de Representantes, al Senado.
Y lo que decimos son hechos conocidos, son hechos históricamente probados. Es decir, no tanto conocidos como probados, porque realmente las masas durante mucho tiempo lo ignoraron, durante mucho tiempo las engañaron. Y es necesario revolver los archivos, exhumar los documentos para que nuestro pueblo, nuestra generación de hoy, tenga una clara idea de cómo gobernaban los imperialistas, qué tipo de memorándum, qué tipo de papeles y qué tipo de insolencias usaban para gobernar a este país, al que se pretendía llamar país “libre”, “independiente” y “soberano”; para que nuestro pueblo conozca qué clase de libertadores eran esos, los procedimientos burdos y repugnantes que usaban en sus relaciones con este país, que nuestra generación actual debe conocer. Y si no los conoce, su conciencia revolucionaria no estará suficientemente desarrollada. Si las raíces y la historia de este país no se conocen, la cultura política de nuestras masas no estará suficientemente desarrollada. Porque no podríamos siquiera entender el marxismo, no podríamos siquiera calificarnos de marxistas si no empezásemos por comprender el propio proceso de nuestra Revolución, y el proceso del desarrollo de la economía y del pensamiento político y revolucionario en nuestro país durante cien años. Si no entendemos eso, no sabremos nada de política.
Y desde luego, desgraciadamente, mucho tiempo hemos vivido ignorantes de muchos hechos de la historia.
Porque si el interés de los que se aliaron aquí con los imperialistas era ocultar la historia de Cuba, deformar la historia de Cuba, eclipsar el heroísmo, el mérito extraordinario, el pensamiento y el ejemplo de nuestros héroes, los que realmente están llamados y tienen que ser los más interesados en divulgar esa historia, en conocer esa historia, en conocer esas raíces, en divulgar esas verdades, somos los revolucionarios.
Ellos tenían tantas razones para ocultar esa historia e ignorarla, como razones tenemos nosotros para demandar que esa historia, desde el 10 de Octubre de 1868 hasta hoy, se conozca en todas sus etapas. Y esa historia tiene pasajes muy duros, muy dolorosos, muy amargos, muy humillantes, desde la Enmienda Platt hasta 1959.
Y debe también conocer nuestro pueblo cómo se apoderaron los imperialistas de nuestra economía. Y eso, desde luego, lo sabe nuestro pueblo encarne propia. No saben cómo fue, pero fue.
Y saben los hombres y mujeres de este país, sobre todo los de esta provincia, donde se inició la lucha, donde siempre se combatió por la libertad del país, cómo fue aquello que de repente todo pasó de manos de los españoles a manos de los americanos. Cómo fue aquello y por qué los ferrocarriles, los servicios eléctricos, las mejores tierras, los centrales azucareros, las minas y todo fue a parar a manos de ellos. Y cómo se produjo aquel fenómeno. Y qué es aquel fenómeno en virtud del cual en este país donde por los años 1915 ó 1920 había que traer trabajadores de otras Antillas porque no alcanzaban los brazos, algunas décadas después —en los años ventitantos, treintitantos, cuarentitantos y cincuentitantos, cada vez peor— había más hombres sin empleo, había más familias abandonadas, había más ignorancia. Cómo y por qué en este país donde hoy los brazos no alcanzan —los brazos liberados— para desarrollar las riquezas infinitas de nuestro suelo, para desarrollar las capacidades ilimitadas de nuestro pueblo, sin embargo los hombres tenían que cruzarse de brazos meses enteros y mendigar un trabajo, no ya en tiempo muerto, sino en la zafra.
Y cómo era posible que en esas tierras que regaron con su sangre decenas de miles de nuestros antepasados, decenas de miles de nuestros mambises; cómo era posible que en esa tierra regada por su sangre, el cubano en la república mediatizada no tuviera el derecho, no digo ya de recoger el pan, no tenía siquiera el derecho a derramar su sudor. De manera que donde nuestros luchadores por la independencia derramaron su sangre por la felicidad de este país, sus hermanos, sus descendientes, sus hijos, no tenían siquiera el derecho de derramar el sudor para ganarse el pan.
¿Qué república era aquella que ni siquiera el derecho al trabajo del hombre estaba garantizado? ¿Qué república era aquella donde no ya el pan de la cultura, tan esencial al hombre, sino el pan de la justicia, la posibilidad de la salud frente a la enfermedad, a la epidemia, no estaban garantizados? ¿Qué república era aquella que no brindaba a los hijos del pueblo —que dio cientos de miles de vidas, pero que dio cientos de miles de vidas a un millón; pueblo que se inmoló en singular holocausto— la menor oportunidad? ¿Qué república era aquella donde el hombre no tenía siquiera garantizado el derecho al trabajo, el derecho a ganarse el pan en aquella tierra tantas veces regada con sangre de patriotas?
Y nos pretendían vender aquello como república, nos pretendían brindar aquello como Estado justo. Y en pocas regiones del país como en Oriente estas cosas se vivieron, estas experiencias se vivieron en carne propia; desde las decenas de miles de campesinos que tuvieron que refugiarse allá en las montañas hasta las faldas del Pico Turquino para poder vivir, a los hombres, a los trabajadores azucareros que vivieron o cuyos padres vivieron años terribles. ¡y qué porvenir esperaba a este país!
Pero el hecho fue que los yanquis se apoderaron de nuestra economía. Y si en 1898 poseían inversiones en Cuba por valor de 50 millones, en 1906 unos 160 millones en inversiones, y en 1927, 1 450 millones de pesos en inversiones.
No creo que haya otro país donde se haya producido en forma tan increíblemente rápida semejante penetración económica, que condujo a que los imperialistas se apoderaran de nuestras mejores tierras, de todas nuestras minas, nuestros recursos naturales; que explotaran los servicios públicos, se apoderaran de la mayor parte de la industria azucarera, de las industrias más eficientes, de la industria eléctrica, de los teléfonos, de los ferrocarriles, de los negocios más importantes, y también de los bancos.
Al apoderarse de los bancos, prácticamente podían empezar a comprar el país con dinero de los cubanos, porque en los bancos se deposita el dinero de los que tienen algún dinero y lo guardan, poco o mucho. Y los dueños de los bancos manejaban aquel dinero.
De esta forma, en 1927, cuando no habían transcurrido 30 años, las inversiones imperialistas en Cuba se habían elevado a 1 450 millones de pesos. Se habían apoderado de todo con el apoyo de los anexionistas o neoanexionistas, de los autonomistas, de los que combatieron la independencia de Cuba. Con el apoyo de los gobiernos interventores se hicieron concesiones increíbles.
Un tal Preston compró en 1901, 75 000 hectáreas de tierra en la zona de la bahía de Nipe por 400 000 dólares, es decir, a menos de seis dólares la hectárea de esas tierras. Y los bosques que cubrían todas esas hectáreas de maderas preciosas, que fueron consumidas en las calderas de los centrales, valían muchas veces, incomparables veces, esa suma de dinero.
Vinieron con sus bolsillos rebosantes a un pueblo empobrecido por treinta años de lucha, a comprar de las mejores tierras de este país a menos de seis dólares la hectárea.
Y un tal MacCan compró 32 000 hectáreas ese mismo año al sur de Pinar del Río. Y un tal Jemes —si mal no recuerdo— ese mismo año compró en Puerto Padre 27 000 hectáreas de tierra.
Es decir, que en un solo año adquirieron mucho más de 10 000 caballerías de las mejores tierras de este país, con sus bolsillos repletos de billetes, a un pueblo que padecía la miseria de 30 años de lucha. Y así, sin derramar sangre y gastando un mínimo de sus riquezas se fueron apoderando de este país.
Y esa historia debe conocerla nuestro pueblo.
No sé cómo es posible que habiendo tareas tan importantes, tan urgentes como la necesidad de la investigación en la historia de este país, en las raíces de este país, sin embargo, son tan pocos los que se han dedicado a esas tareas. Y antes prefieren dedicar sus talentos a otros problemas, muchos de ellos buscando éxitos baratos mediante lectura efectista, cuando tienen tan increíble caudal, tan increíble tesoro, tan increíble riqueza para ahondar primero que nada y para conocer primero que nada las raíces de este país. Nos interesa, más que corrientes que por snobismo puro se trata de introducir en nuestra cultura, la tarea seria, la tarea necesaria, la tarea imprescindible, la tarea justa de ahondar y profundizar en las raíces de este país.
Y nosotros debemos saber, como revolucionarios, que cuando decimos de nuestro deber de defender esta tierra, de defender esta Patria, de defender esta Revolución, hemos de pensar que no estamos defendiendo la obra de 10 años, hemos de pensar que no estamos defendiendo la revolución de una generación: ¡hemos de pensar que estamos defendiendo la obra de 100 años! ¡Hemos de pensar que no estamos defendiendo aquello por lo cual cayeron miles de nuestros compañeros, sino aquello por lo cual cayeron cientos de miles de cubanos a lo largo de 100 años.
Con el advenimiento de la victoria de 1959, se planteó en nuestro país de nuevo —y en un plano más elevado aún— problemas fundamentales de la vida de nuestro pueblo. Porque si bien en 1868 se discutía la abolición o no de la esclavitud, se discutía la abolición o no de la propiedad del hombre sobre el hombre, ya en nuestra época, ya en nuestro siglo, ya al advenimiento de nuestra Revolución, la cuestión fundamental, la cuestión esencial, la que habría de definir el carácter revolucionario de esta época y de esta Revolución, ya no era la cuestión de la propiedad del hombre sobre el hombre, sino de la propiedad del hombre sobre los medios de sustento para el hombre.
Si entonces se discutía si un hombre podía tener 10 y 100 y 1000 esclavos, ahora se discutía si una empresa yanqui, si un monopolio imperialista tenía derecho a poseer 1 000, 5 000, 10 000 ó 15 000 caballerías de tierra; ahora se discutía el derecho que podían tener los esclavistas de ayer a ser dueños de las mejores tierras de nuestro país. Si entonces se discutía el derecho del hombre a poseer la propiedad sobre el hombre, ahora se discutía el derecho que podía tener un monopolio o quien fuera, aquel propietario de un banco donde se reunía el dinero de todos los que depositaban allí, si un monopolio o un oligarca tenía derecho a ser dueño de un central azucarero donde trabajaba un militar de obreros: si era justo que un monopolio o un oligarca fuera dueño de una central termoeléctrica, de una mina, de una industria cualquiera que valía decenas de miles o cientos de miles, o millones o decenas de millones de pesos; si era justo que una minoría explotadora poseyera cadenas de almacenes sin otro destino que enriquecerse encareciendo todos los bienes que este país importaba. Si en el siglo pasado se discutía el derecho del hombre a ser propietario de otros hombres, en este siglo —en dos palabras— se discutía el derecho de los hombres a ser propietarios de los medios de los que tiene que vivir el hombre.
Y ciertamente no era más que una libertad ficticia. Y no podía haber abolición de esclavitud si formalmente los hombres eran liberados de ser propiedad de otros hombres y, en cambio, la tierra y la industria —de la cual tendrían que vivir— eran y seguían siendo propiedad de otros hombres. Y los que ayer esclavizaron al hombre de manera directa, en esta época esclavizaban al hombre y lo explotaban de manera igualmente miserable a través del monopolio de las riquezas del país y de los medios de sustentación del hombre.
Por eso, si una revolución en 1868 para llamarse revolución tenía que comenzar por dar libertad a los esclavos, una revolución en 1959, si quería tener el derecho de llamarse revolución, tenía como cuestión elemental la obligación de liberar las riquezas del monopolio de una minoría que las explotaba en beneficio de su provecho exclusivo, liberar a la sociedad del monopolio de una riqueza en virtud de la cual una minoría explotaba al hombre.
¿Y qué diferencia había entre el barracón del esclavo en 1868 y el barracón del obrero asalariado en 1958? ¿Qué diferencia, como no fuera que —supuestamente libre el hombre— los dueños de las plantaciones y de los centrales en 1958 no se preocupaban si aquel obrero se moría de hambre, porque si aquel se moría había otros 10 obreros esperando para realizar el trabajo? Si se moría, como ya no era una propiedad suya que compraba y vendía en el mercado, no le importaba siquiera si se moría o no un trabajador, su mujer o sus hijos. Estas son verdades que los orientales conocen demasiado bien.
Y así fue suprimida la propiedad directa del hombre sobre el hombre, y perduró la propiedad del hombre sobre el hombre a través de la propiedad y el monopolio de las riquezas y de los medios de vida del hombre. Y suprimir y erradicar la explotación del hombre por el hombre era suprimir el derecho al monopolio sobre aquellos medios de vida que pertenecen y deben pertenecer a toda la sociedad.
Si la esclavitud era una institución salvaje y repugnante, explotadora directa del hombre, el capitalismo era también igualmente una institución salvaje y repugnante que debía ser abolida. Y si la abolición de la esclavitud era comprendida totalmente por las generaciones contemporáneas, también algún día las generaciones venideras, los niños de las escuelas, se asombrarán de que les digan que un monopolio extranjero, —administrándolo a través de un funcionario insolente— era dueño de 10 000 caballerías de tierra donde allí mandaba como amo y señor, era dueño de vidas y de haciendas, tanto como nosotros nos asombramos hoy de que un día un señor fuera propietario de decenas y cientos y aun de miles de esclavos.
Y tan racional como le parecía a la generación contemporánea un hombre amarrado a un grillo, igualmente monstruoso les parecerá a las generaciones venideras, mucho más que a nuestra propia generación. Porque los pueblos muchas veces se acostumbran a ver cosas monstruosas sin darse cuenta de su monstruosidad, y se acostumbran a ver algunos fenómenos sociales con la misma naturalidad con que se ve aparecer la luna por la noche o el sol por la mañana o la lluvia o la enfermedad, y acaban por adaptarse a ver instituciones monstruosas como plagas tan naturales como las enfermedades.
Y, claro está, no eran precisamente los privilegiados que monopolizaban las riquezas de este país, quienes iban a educar al pueblo en estas ideas, en estos conceptos, quienes iban a abrirle los ojos quienes iban a mandarle un alfabetizador, quienes iban a abrirle una escuela. No eran las minorías privilegiadas y explotadoras las que habrían de reivindicar la historia de nuestro país, las que habrían de reivindicar el proceso. Las que habrían de honrar dignamente a los que hicieron posible el destino ulterior de la Patria. Porque quienes no estuvieran interesados en la Revolución, sino en impedir las revoluciones, quienes no estuvieran interesados en la justicia, sino en medrar y enriquecerse de la injusticia, no podrían estar jamás interesados en enseñar a un pueblo su hermosa historia, su justiciera Revolución, su heroica lucha en pro de la dignidad y de la justicia.
Y por eso a esta generación le tocó vivir las experiencias de manera muy directa, y le tocó conocer también de expediciones organizadas en tierras extranjeras, precedidas de los bombardeos y de los ataques piratas, organizadas allí por los “prohombres” del imperialismo, organizadas acá por los que en solo 30 años se habían apoderado de la riqueza de este país para aplastar la Revolución y para establecer de nuevo el monopolio de las riquezas por minorías privilegiadas explotadoras del hombre.
Le correspondió a esta generación ver también los anexionistas de hoy, los débiles de todos los tiempos, los Voluntarios de hoy —es decir, no en el sentido que hoy tiene la palabra, o en el sentido que hoy tiene la palabra guerrillero, sino en el sentido de ayer—, Voluntarios de ayer, guerrilleros de ayer, que así se llamaba en aquella época a los que perseguían a los combatientes revolucionarios, a los que asesinaron a los estudiantes, a los que macheteaban a los mambises heridos cuando trataban de restablecerse en sus pobres y desvalidos e indefensos hospitales de sangre.
Esos los vemos en los que hoy tratan de destruir la riqueza del país, en los que hoy sirven a los imperialistas, en los que hoy —cobardes e incapaces del trabajo y del sacrificio— se mudan hacia allá. Cuando llegó aquí la hora del trabajo, cuando llegó la hora de edificar la Patria, cuando llegó la hora de liberar los recursos naturales y humanos para cumplir el destino de nuestro pueblo, lo abandonan y se ponen allá de parte de sus amos, al servicio de la causa infamante del imperialismo, enemigo no sólo de nuestro pueblo, sino enemigo de todos los países del mundo.
De manera que a esta generación le ha correspondido conocer las experiencias de la lucha, de las luchas en el campo de la ideología, la lucha contra los electoralistas defendiendo las legítimas tesis revolucionarias; le tocó conocer la lucha en sí, le tocó conocer las grandes batallas ideológicas después del triunfo de la Revolución, le tocó conocer las experiencias del proceso revolucionario, le tocó enfrentarse al imperialismo yanqui, le tocó enfrentarse a sus bloqueos, a su hostilidad, a sus campañas difamantes contra la Revolución, y le tocó enfrentarse al tremendo problema del subdesarrollo.
Debemos decir que la lucha se repite en diferente escala, pero también en diferentes condiciones. En 1868 y en 1895 y durante 60 años de república mediatizada —o casi 60 años— los revolucionarios eran una minoría, los instrumentos del poder estaban en manos de los reaccionarios; los colonialistas, los autonomistas, tenían la fuerza, tenían el poder, hacían las leyes contra los revolucionarios. Lo mismo ocurrió durante toda la lucha de 1895 y lo mismo ocurrió hasta 1959.
Hoy nuestro pueblo se enfrenta a corrientes similares a las mismas ideas reaccionarias revividas, a los nuevos intérpretes del autonomismo, del anexionismo, se enfrentan a los proimperialistas y a los imperialistas. Pero se enfrenta en condiciones muy distintas.
En 1868 los cubanos organizaron su gobierno en la manigua; había divisiones y discordias propias de todo proceso. También ocurrieron cosas similares a lo largo de estos cien años. Los heroicos luchadores proletarios en la mediatizada —Baliño, Mella, Guiteras, Jesús Menéndez— tenían que enfrentarse a los esbirros, a los explotadores asistidos de sus mayorales y sus guardias rurales, y caían abatidos por las balas asesinas en el exilio o en la propia tierra, en México, o en Manzanillo, o desaparecían como tantos revolucionarios, como fue desaparecido Paquito Rosales, hijo de este pueblo.
De estos cien años, durante noventa años, la Revolución no había podido abarcar todo el país, la Revolución no había podido tomar el poder, la Revolución no había podido constituirse en gobierno, la Revolución no había podido desatar las fuerzas formidables del pueblo, la Revolución no había podido echar a andar el país. Y no es que no hubiese podido porque los revolucionarios de entonces fuesen menos capaces que los de hoy —¡no, de ninguna forma!— sino porque los revolucionarios de hoy tuvieron el privilegios de recoger los frutos de las luchas duras y amargas de los revolucionarios de ayer. Porque los revolucionarios de hoy encontramos un camino preparado, una nación formada, un pueblo realmente con conciencia ya de su comunidad de intereses; un pueblo mucho más homogéneo, un pueblo verdaderamente cubano, un pueblo con una historia, la historia que ellos escribieron; un pueblo con una tradición de lucha, de rebeldía, de heroísmo. Y a la actual generación le correspondió el privilegio de haber llegado a la etapa en que el pueblo al fin, al cabo de 90 años, se constituye en poder, establecer su poder. Ya no era el poder de los colonialistas y sus aliados, ya no era el poder de los imperialistas interventores yanquis y sus aliados, los autonomistas, los neoanexionistas, los enemigos de la Revolución.
Y por eso, en esta ocasión se constituye el poder del pueblo, el genuino poder del pueblo; no el poder frente al pueblo y contra el pueblo, que había sido el poder conocido durante más de cuatro siglos, desde la época de la colonia, desde que los españoles en las cercanías de este sitio quemaron vivo al indio Hatuey hasta que los esbirros de Batista, vísperas de su derrota, asesinaban, y quemaban vivos a los revolucionarios. Era por primera vez el poder frente a los monopolios, frente a los intereses, frente a los privilegios, frente a los poderosos sociales. Era el poder frente al privilegio y contra el privilegio, era el poder frente a la explotación y contra la explotación, era el poder frente al colonialismo y contra el colonialismo, el poder frente al imperialismo y contra el imperialismo. Era, por primera vez, el poder con la Patria y para la Patria, era por primera vez el poder con el pueblo y para el pueblo, Y no eran las armas de los mercenarios, no eran las armas de los imperialistas, sino las armas que el pueblo arrebató a sus opresores, las armas que el pueblo arrebató a los gendarmes y a los guardianes de los intereses del imperialismo, que pasaron a ser sus armas; pueblo que pasó a ser un ejército. Tuvo esta generación por primera vez la oportunidad de comenzar a trabajar desde ese poder nuevo, desde ese poder revolucionario y extendido a todo el país.
Lógicamente, los enemigos de clase, los explotadores, los oligarcas, los imperialistas, que poseían 1 450 millones, no podían estar con ese poder; tenían que estar contra ese poder. Los politiqueros, los “botelleros”, los parásitos de toda índole, los especuladores, los explotadores del juego, del vicio, los propagadores de la prostitución, los ladrones, los que se robaban descaradamente el dinero de los hospitales, de las escuelas, de las carreteras, los dueños de decenas de miles de caballerías de las mejores tierras, de las mejores fábricas, los explotadores de nuestros campesinos y de nuestros obreros no podían estar con ese poder sino contra ese poder.
Y desde entonces el pueblo en el poder desarrolla su lucha, no menos difícil, no menos dura, frente al imperialismo yanqui y contra el imperialismo yanqui, el más poderoso país imperialista, el gendarme de la reacción en el mundo. Poder acostumbrado a destruir gobiernos, a destruir gobiernos que insinuaban un camino de liberación derrocarlos mediante golpes de Estado o invasiones mercenarias, destruir los movimientos políticos mediante represalias económicas, se ha estrellado toda su técnica, todos sus recursos, todo su poderío se ha estrellado contra la fortaleza de la Revolución.
Porque la Revolución es el resultado de 100 años de lucha, es el resultado del desarrollo del movimiento político, de la conciencia revolucionaria, armada del más moderno pensamiento político, armada de la más moderna y científica concepción de la sociedad, de la historia y de la economía, que es el marxismo-leninismo; arma que vino a completar el acervo, el arsenal de la experiencia revolucionaria y de la historia de nuestro país.
Y no solo armado de esa experiencia y de esa conciencia, sino pueblo que ha podido vencer los factores que lo dividían, las divisiones de grupo, los caudillos, los regionalismos, para ser una sola fuerza, para ser un solo pueblo revolucionario[...].
Y así también hoy, el pueblo, con su partido que es su vanguardia, armado de las más modernas concepciones, armado de la experiencia de 100 años, habiéndose desarrollado al máximo grado la conciencia revolucionaria, política y patriótica, ha logrado vencer sobre vicios seculares y constituir esta unidad y esta fuerza de la Revolución.
[...] Hechos como el del día 8, en que con motivo del Centenario y también como homenaje al Guerrillero Heroico —caído gloriosamente en fecha que casi coincidió con el 10 de Octubre—, decidido a realizar un esfuerzo digno de esta jornada, llegó a sembrar en un solo día 1 031 caballerías de caña.
Y sirva esto de idea acerca de lo que es capaz un pueblo cuya inteligencia, cuya energía, cuyas fuerzas potenciales se despliegan.
Debo decir que esta cifra realmente rebasa las cifras más optimistas, las cifras más altas que se hubieran podido concebir. Es necesario un pueblo de verdad trabajando para lograr esas cosas, y es necesario un pueblo realmente consciente e inspirado para realizar esas cosas.
Este homenaje, o este aniversario, tiene lugar en el momento de máximo auge de la Revolución en todos los campos. Pero esto no significa que 100 años de lucha signifique, ni mucho menos, la culminación de la lucha, el fin de la lucha. Pero nunca, jamás, hemos estado en mejores condiciones que hoy; nunca hemos estado más organizados, nunca hemos estado mejor armados, no solo armados con armas, armados con “hierros”, sino armados de pensamientos, armados de ideas. Nunca, jamás, hemos estado mejor armados de ideas y de “hierros”, nunca hemos estado mejor organizados. Y seguiremos armándonos en ambas direcciones, y seguiremos organizándonos, y seguiremos haciéndonos cada vez más fuertes.
El imperialismo está ahí enfrente, el plan y actitud insolentes, amenazantes; las fuerzas más reaccionarias levantan cabeza, los grupos más retrógrados y agresivos se insinúan como factores preponderantes en la política futura de ese país.
Conmemoramos este aniversario, este centenario, estos 100 años, no en beatífica paz, sino en medio de la lucha, de amenazas y de peligros. Pero nunca como hoy hemos estado conscientes, nunca como hoy para nosotros las cosas han sido tan claras.
Esta generación no solo se ha de concretar a haber culminado una etapa, haber llegado a objetivos determinados, a poder presentar hoy una meta cumplida, una tarea histórica realizada; una Patria libre, verdaderamente libre; una revolución victoriosa, un poder del pueblo y para el pueblo; sino que esta Revolución tiene que defender ese poder, porque los enemigos no se resignarán fácilmente, el imperialismo valiéndose de sus recursos no nos dejará en paz. Y el odio de los enemigos crece a medida que la Revolución se fortalece, a medida que sus esfuerzos han sido inútiles.
¿A qué grados llegan? A increíbles grados en todos los órdenes. Llegan, incluso, a extraordinarios ridículos.
Recientemente leíamos un cable en que hablaba de un cura español que organizaba en Miami rezos contra la Revolución; un cura español que, según decía, rezaba para que la Revolución se destruyera, incluso daba misas y rogativas para que los dirigentes revolucionarios nos muriéramos en un accidente o asesinados, como requisito para aplastar la Revolución.
¡Cuán equivocados están si creen que la Revolución puede ser aplastada por ningún camino! Es innecesario siquiera recalcarlo. ¡Ahora menos que nunca!.
Pero llama la atención esta filosofía de los reaccionarios, esta filosofía de los imperialistas.
Y ellos mismos decían que organizaban un mitin contrarrevolucionario y, apenas iban doscientos, organizaban un rezo contra la Revolución e iban miles de gusanos. Eso, desde luego, denota que a la contrarrevolución le va quedando toda la gusanera beata y ridícula que se reúne a hacer misas. ¡Vaya espíritu religioso el de esos creyentes! ¡Vaya espíritu religioso el de ese cura que da misas para que asesinen o para que se muera la gente!.
De verdad que si el cura nos dijera que hay una oración para destruir a los imperialistas, ciertamente nosotros nos negaríamos rotundamente a rezar semejantes oraciones; y si el cura nos dijera que hay una oración para rechazar a los imperialistas si invaden este país, nosotros le diríamos a ese cura: ¡váyase al diablo con su oración que nosotros nos vamos a encargar de aniquilar aquí a los invasores, a los imperialistas, a tiro limpio y a cañonazo limpio!
Los vietnamitas no rezan oraciones contra los imperialistas, ni el heroico pueblo de Corea rezó oraciones contra los imperialistas, ni nuestros milicianos rezaron oraciones contra los mercenarios que venían armados de calaveras, crucifijos y no sé cuantas cosas más; venían en nombre de Dios, con cura y todo, a asesinar mujeres campesinas, a asesinar niños y niñas, a destruir las riquezas de este país.
Y ya vemos hasta qué punto han degenerado los reaccionarios, hasta qué punto han prostituido sus propias concepciones y sus propias doctrinas, y a qué extremos llegan y qué clase de sentimientos son esos. Desde luego, cosas de los aliados de los imperialistas, cosas de la gusanera.
Pero, desde luego, no son los rezos del cura y su muchedumbre de beatos y beatas las cosas que le preocuparían a esta Revolución. Es el imperialismo con us recursos militares y técnicos. Y es contra ese imperialismo y contra esas amenazas que nosotros debemos siempre estar preparados y prepararnos cada vez más.
El estudio de la historia de nuestro país no solo ilustrará nuestras conciencias, no solo iluminará nuestro pensamiento, una fuente inagotable de heroísmo, una fuente inagotable de espíritu de sacrificio, de espíritu de lucha y de combate.
Lo que hicieron aquellos combatiente, casi desarmados, ha de ser siempre motivo de inspiración para los revolucionarios de hoy; ha de ser siempre motivo de confianza en nuestro pueblo, en su fuerza, en su capacidad de lucha, en su destino; ha de darle seguridad a nuestro país de que nada ni nadie en este mundo podrá derrotarnos, nada ni nadie en este mundo podrá aplastarnos, ¡y que a estra Revolución nada podrá vencerla!.
Porque este pueblo, igual que ha luchado 100 años por su destino es capaz de luchar otros 100 años por ese mismo destino. Este pueblo lo mismo que fue capaz de inmolarse más de una vez, será capaz de inmolarse cuantas veces sea necesario.
Esas banderas que ondearon en Yara, en la Demajagua, en Baire, en Baraguá, en Guáimaro; esas banderas que presidieron el acto sublime de libertar la esclavitud; esas banderas que han presidido la historias revolucionaria de nuestro país, no serán jamás arriadas. Esas banderas y lo que ellas representan serán defendidas por nuestro pueblo hasta la última gota de su sangre.
Bien: podían todavía en 1889 alegar esos insulsos contra la Patria, ignorando sus heroísmos, su desigual y solitaria lucha; podían decirnos que éramos los últimos. Y es cierto y no por culpa de esta nación. No podía culparse de algo a la nación que no existía, al pueblo que no existía como tal pueblo. Pero la nación que existe desde que surgió la vida con la sangre de los que aquí se alzaron el 10 de octubre de 1868, el pueblo que se fundó en aquella tradición, el pueblo que inicio su ascenso en la historia, que inició el desarrollo de su pensamiento político y su conciencia, que tuvo la fortuna de contar con aquellos hombres extraordinarios como pensadores y como combatientes, ya no podrá decir hoy nadie que es el último. Ya no somos solo el pueblo que hace 100 años abolió la esclavitud; ya no somos el último en abolir la esclavitud, es decir, la propiedad del hombre sobre el hombre: ¡somos hoy el primero en este Continente en abolir la explotación del hombre sobre el hombre!.
Fuimos el último en comenzar, es cierto, pero hemos llegado tan lejos como nadie. Hemos erradicado el sistema capitalista de explotación; hemos convertido al pueblo en dueño verdadero de su destino y de sus riquezas. Fuimos el último en librarnos de la Colonia, pero hemos sido los primeros en librarnos del imperio. Fuimos los últimos en librarnos de un modo de producción esclavista; los primeros en librarnos del modo de producción capitalista, y con el modo de producción capitalista de su podrida estructura política e ideológica. Hemos echado abajo las mentiras con que pretendieron engañarnos durante tantos años. Estamos reivindicando y restableciendo la verdad de la historia. Hemos recuperado nuestras riquezas, nuestras minas, nuestras fábricas, nuestros bosques, nuestras montañas, nuestros ríos, nuestra tierra.
Y en esa tierra que se regó tantas veces con sangre de patriotas, se riega hoy el sudor honesto de un pueblo; que de esa tierra, con ese sudor de su frente, con esa tierra conquistada con la sangre de sus hijos, sabrá ganarse honradamente el pan que nos quitaban de la mano y de la boca.
Somos hoy la comunidad humana de este Continente que ha llegado al grado más alto de conciencia y de nivel político; ¡somos el primer Estado socialista! Los últimos ayer, ¡los primeros hoy en el avance hacia la sociedad comunista del futuro!, la verdadera sociedad del hombre para el hombres, del hombre hermano del hombre.
Y ya no solo luchamos por erradicar los vicios y las instituciones que tienen una relación negativa del hombre con los medios de producción, sino que tratamos de llevar la conciencia del hombre a su grado más alto. Ya no solo la lucha contra las instituciones que esclavizan al hombre, sino contra los egoísmos que esclavizan todavía a muchos hombres, contra los individualismos que apartan a algunos hombres de la fuerza de la colectividad. Es decir, ya no solo pretendemos librar al hombre de la tiranía que las cosas ejercían sobre el hombre, sino de ideas seculares que todavía tiranizan al hombre.
Por eso podemos afirmar que desde el 10 de octubre de 1868 hasta hoy, 1968, el camino de nuestro pueblo ha sido un camino ininterrumpido de avance, de grandes saltos, rápidos avances, nuevas etapas de avance y nuevas etapas de avance.
Tenemos sobrados motivos para contemplar esta historia con orgullo. Tenemos sobrados motivos para comprender esa historia con profunda satisfacción. Nuestra historia cumple 100 años. No la historia de la colonia, que tiene más; ¡la historia de la nación cubana, la historia de la patria cubana, la historia del pueblo cubano, de su pensamiento político, de su conciencia revolucionaria.
“Discurso pronunciado en la Velada Conmemorativa de los 100 años de lucha, 10 de octubre de 1868”. Discursos, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. I, p. 60-96.
Fuente:
José Martí en el ideario de Fidel Castro (Comp. Dolores Guerra López, Margarita Concepción Llano, Amparo Hernández Denis). Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004, pp. 346-350 (Agradecemos la colaboración de la editorial del Centro de Estudios Martianos para la publicación de los textos de este volumen).



