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Palabras de Fidel Castro en el acto de imposición de la Orden “José Martí” al Presidente de México, licenciado José López Portillo. Ciudad de La Habana, 31 de julio.

Excelentísimo Señor Presidente de México, Licenciado José López Portillo.
El Consejo de Estado, interpretando con ello la voluntad de nuestro pueblo, ha decidido otorgar a usted la orden “José Martí”.

Ninguna condecoración podría ser más apropiada para honrar a un hijo distinguido de México que esta que lleva el nombre de nuestro Héroe Nacional y quien fuera junto con Hidalgo, Morelos, Juárez, Bolívar, San Martín, O’Higgins y Sucre, uno de los hombres más ilustres de nuestra América, José Martí.

México tuvo un papel significativo en la formación humana y política de Martí. Allí no solo recibió albergue para su dura expatriación y conoció amigos ilustres, sino que iba a encontrarse por primera vez con dos sectores sociales que constituirían en lo adelante un elemento de su pensamiento político: el indio y el obrero. En México maduraron, por ello, las ideas sociales de Martí, que cuajarían finalmente en lo que él llamara “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

México fue para varias generaciones de cubanos refugio y aliento en el combate por los derechos democráticos y por la independencia de la Patria. Cuando, en los años del Centenario de Martí, un grupo de jóvenes cubanos recogió sus banderas y siguió sus huellas, fue en México donde preparó la que iba a ser la batalla decisiva y de donde salió para librarla.

En días difíciles, en que la fuerza de un enemigo poderoso se lanzaba sobre nuestra pequeña Isla en Revolución, un mexicano que había dejado, con su presidencia, una marca en la historia contemporánea, el general Lázaro Cárdenas, que comprendió también a tiempo al grupo de jóvenes que inició aquella revolución, se alzó nuevamente, con su intensa personalidad de líder de Nuestra América, para defender a la Cuba amenazada.

Después de la hora vergonzosa de las claudicaciones en que camarillas cobardes y traidoras que no podían representar jamás el verdadero sentimiento de los pueblos latinoamericanos se prestaron al designio infame, movido desde Washington, de aislar a la naciente Revolución Cubana y pretendieron amputar a Cuba de la América Latina, México se mantuvo, él solo, en la postura digna y valiente de no romper sus relaciones con Cuba y dio un ejemplo de comportamiento internacional que los cubanos no olvidaremos jamás.

Por eso, señor Presidente y apreciado amigo, cuando el Consejo de Estado destaca, al conferirle a usted la Orden “José Martí”, la “amistad y solidaridad” que usted ha demostrado por nuestro país, reconoce que usted continúa de manera eminente lo que en su pueblo mexicano ha sido norma ininterrumpida de conducta solidaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son muchos los méritos adicionales que acumula usted en su fructífera vida pública. Entre ellos destaca el profesor universitario y el escritor que buscó en las raíces precolombinas un símbolo para el quehacer histórico presente en su país. Pero lo que lo acerca más a nosotros y motiva nuestra gratitud es sobre todo lo que, como Presidente de México, no le ha faltado a Cuba su amistad y su firme apoyo.

Cuando lo visitamos en su tierra, usted subrayó que aquel era un encuentro entre hermanos, que proveníamos del mismo tronco común. Recordó aquella amistad permanente que llegaba desde Juárez a Cárdenas y proclamó que “la amistad y la fraternidad de México y Cuba no estaban a prueba”, pues ellas constituyen “una reiteración constante en nuestra historia y una modalidad que jamás será desmentida”.
Usted, amigo Presidente, ha sabido demostrarlo.

Cuando, hace muy poco, contra Cuba volvieron a levantarse todos los instrumentos de la calumnia y el ataque político, y cuando ominiosos, despliegues militares amenazaron otra vez a nuestro país, con inútil pretención intimidatoria, usted anunció, en un gesto cuya oportunidad advirtió la opinión mundial, su próxima visita a Cuba. Fijaba así una posición inalterable que constituye, además, muestra visible de solidaridad.

Es por ello natural que durante su período de gobierno se desarrollaran con posibilidades cada día más amplias las relaciones económicas, industriales y comerciales, que se desplieguen proyectos de colaboración que pueden ser útiles, como ejemplo, para otros países de la América Latina y para los países en vías de desarrollo, ya que han de ser los esfuerzos comunes y coordinados entre estos la vía más segura para su progreso definitivo.

Pero no solo es su amistad y solidaridad hacia Cuba lo que motiva la condecoración que le ha sido otorgada. Está presente también en ella su conducta de gobernante, que vincula la suerte de México a la de los países en vías de desarrollo y a las más amplias esperanzas de la Humanidad.

En efecto, el descubrimiento de cuantiosas riquezas petroleras en México podría haberlo llevado por un rumbo erróneo, que contribuiría a uncir a su país a yugos no por sutiles menos lesivos. Usted, sin embargo, ha sabido utilizar esa riqueza para consolidar la independencia de México. Hizo saber, con vigor, que no consideraba que la riqueza petrolera de México debía servir para resolver los problemas energéticos de vecinos poderosos, sino que habría de convertirse en instrumento para la transformación económica y social del país.

Han sido evidentes las presiones —que más de una vez toman el carácter de amenazas— que han tenido, usted y los miembros de su Gobierno, que vencer para mantener esa política de sensato y firme nacionalismo.
Pero, además, el haber resuelto México el problema de sus fuentes energéticas no lo ha llevado a olvidar el dramático problema que la energía ha planteado hoy a la Humanidad, en particular a los países en vías de desarrollo. Usted ha trabajado, intensamente y con loable disposición, en la búsqueda de soluciones justas a favor del llamado Tercer Mundo para el problema energético.

Por último, estimado presidente López Portillo, al conferirle la orden que recuerda a José Martí, no podríamos olvidar la actitud de México, y personalmente de usted, en el ámbito latinoamericano.

Las tiranías militares que aspiran a perpetuar el pasado y sirven a nuestro enemigo común, han sido sistemáticamente repudiadas por su país y por su gobierno. México ha contribuido, con su iniciativa y su presencia continua, a los organismos en que se expresa mejor la aspiración económica de la América Latina y el Caribe, como el SELA. Jamaica y otros países nuestros, ahogados económicamente para desestabilizarlos y cortar sus esfuerzos de desarrollo, de independencia, recibieron el aliento y el apoyo de México. Y la nueva Nicaragua, que todos admiramos por su heroísmo y por la sagacidad de su proyección política, ha recibido también, con su visita, la afirmación de la solidaridad mexicana.

Todo ello explica, estimado presidente López Portillo, que al recibirlo hoy como hermano, el pueblo de Cuba, por medio del entusiasmo de los habaneros, le haya hecho llegar a usted una calurosa simpatía, que es el reflejo de nuestros sentimientos.

Al imponerle, pues, la Orden “José Martí”, le ruego la reciba como testimonio del más alto aprecio, reconocimiento y respeto de nuestro pueblo.

Fuentes:
Ediciones OR, julio-septiembre, Departamento de Orientación Revolucionaria del C.C. del P.C.C., La Habana, 1980, p. 33.

José Martí en el ideario de Fidel Castro (Comp. Dolores Guerra López, Margarita Concepción Llano, Amparo Hernández Denis). Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004, pp. 346-350  (Agradecemos la colaboración de la editorial del Centro de Estudios Martianos para la publicación de los textos de este volumen).

Dirección General: Lic Adelaida Ramos.

Redacción: Lic. Mauricio Núñez Rodriguez.

Diseño: Lic. Ernesto Gómez Vázquez.

Asesor: Leonardo Aguirre.